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Escuela Waldorf – Un lugar en el mundo.

La pedagogía Waldorf propone un método basado en la enseñanza autónoma del Hombre. Trabaja con una idea antroposófica del ser humano, entendido como una individualidad de espíritu, alma y cuerpo.
El método está basado en los postulados del científico austríaco Rudolf Steiner, a quien le fue encargado el diseño de una escuela para los hijos de los empleados de la fábrica de cigarrillos Waldorf Astoria, en Alemania.
Esto ocurrió en 1919, en medio del caos social y económico que siguió a la Primera Guerra Mundial. Era un momento en el cual se buscaban nuevas orientaciones para construir el futuro de Europa, después del derrumbamiento de viejas estructuras sociales.

¿Cómo fueron sus orígenes?

Steiner había dado una charla para los trabajadores de la fábrica, ubicada en Stuttgard. Bregaba por la necesidad de organizar de otra manera la sociedad, renovar la vida política y cultural. Emil Molt, el dueño de la empresa, se sintió interesado por estas propuestas y entonces le pidió a Steiner que estableciera y dirigiera una escuela para los hijos de los empleados. De esa forma nació, en septiembre de 1919, la primera Escuela Libre Waldorf, con metodologías innovadoras, 12 profesores y 256 alumnos, distribuidos en ocho clases.
“No hemos de preguntarnos qué necesita saber y conocer el hombre para mantener el orden social establecido, sino qué potencial hay en el ser humano y qué puede desarrollarse en él. Así será posible aportar al orden social nuevas fuerzas procedentes de las jóvenes generaciones”. De esta forma, Rudolf Steiner (1861-1925), entendía a la educación del individuo y su relación con la sociedad. Partía desde la Antroposofía, perspectiva que implica el conocimiento de la “Triformación del Hombre”. Cuerpo, alma y espíritu se hacen comprensibles en sus relaciones recíprocas, el sistema nervioso sensorial, la organización rítmica y el ámbito metabólico aparecen en relación con las actividades anímicas: pensar, sentir, querer, que a su vez pueden ser desarrolladas como capacidades espirituales: imaginación, inspiración e intuición.

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La Argentina Insolente

En mi casa me enseñaron bien…
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:

Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.

Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía… Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar… Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.

No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.

Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas. Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.

Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa” o “escuchar cuando los mayores hablan”.

Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.

Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente.

La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible.

El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo.  Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.

Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite).

El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: “la impunidad”. ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.

Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo… Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.

Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa. Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una “Tercera Regla” no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:

Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.

Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo. Eso es lo que nos arruinó. LA INSOLENCIA. Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar… a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.

El mal de los argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro principios:

– Pretender saberlo todo
– Tener razón hasta morir
– No escuchar
– Tú me importas, sólo si me sirves.

La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira. Así nos vamos a quedar sin trabajo todos. Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.

Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas? Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar.

PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros. No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.

Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA. Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada. Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.

Porque hay que aprender a hacerlo todos los días. Ése es el desafío. Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.

¿A USTED QUÉ LE PARECE? ¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE ?
Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe.
Dr. Mario Rosen

(¿Sería muy insolente si le pido que lo transmita?)
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Solidaridad Vs. Indiferencia

Que linda es la vida, un bonito vehículo, ropa de diseño, un plato lleno en mi mesa, una casa grande y confortable, salidas, paseos, viajes. El dinero y la tarjeta de crédito me dan las libertades de desenvolverme en un mundo globalizado, y yo feliz! Soy parte de la elite, y ….Me lo merezco! 🙂

… ¿Se siente Ud. indetificado/a?…

Jamás pude dejar de lado mi instinto solidario, siempre me sentí herida por la inclinación injusta de la balanza de la sociedad marginada. No soporto ver a la gente sufrir por hambre, ni morir o tener severas consecuencias por enfermedades tan evitables y propias del abandono, como el dengue.
Sangro por la herida abierta en Latinoamérica, el arma asesina: “La codicia y la globalización”.

¿A alguno le pasa el pensar e imaginar a esos chicos descalzos, hambrientos … vestidos y protegidos, saludables, estudiando y creándose un futuro de prosperidad?

Tengo el gusto de poder estar en contacto con chicos carenciados, y es un amplio honor, disfrutar de sus principios, de su simpleza, de su respeto y cariño.

¿Alguna vez se dieron el gusto de dar a quien necesita, y sentir el alma repleta de satisfacción? ¿Alguna vez pudieron sentir que su existencia en este mundo fué más allá de la supervivencia y el cumplir de los deseos, a veces supérfluos, de riquezas materiales; y se sumergieron en el limbo de la gloria, colaborando con gente que no olvidará jamás un pequeño gesto de ayuda?

Yo lo hice, yo lo hago…voy a seguir en mi camino viviendo esta vida desde su lado humano, voy a seguir pidiendo, dando, sintiendo, siendo parte de una realidad palpable, comprobable, y sumamente confortante, dando… no hablando, no solo escribiendo, no alojando minutos de congoja y años de indiferencia, sino simplemente dando.

El mundo tal como lo conocemos, desde que dejamos de ser los ingenuos niños, tiene maldad, tiene egoísmo, tiene codicia, tiene pocos valores y mucha falta de principios… Pero, existe otra realidad, y otro tipo de gente, a los que vale la pena unírseles, y aprender a sentirnos verdaderamente parte del mundo, parte de la tierra, parte de cadena evolutiva de la especie humana.

El mundo no es de los poderosos, de los codiciosos, ni de los egoístas.
El mundo es de los esperanzados, de los luchadores, de los solidarios, de los respetuosos de la naturaleza, de los que tienen valores y principios tan claros, que no hace falta que nos los cuenten, con VERLOS VIVIR, podemos aprender a ser dignos.

¿Ustedes de que lado de la balanza van a poner su existencia?

Por suerte mi elección ya está hecha, y mis actos están siendo leales a ella.
Los espero para ser parte de la mejor parte de humanidad, después de todo, el juicio final no tiene jueces terrenales, y lo que nos llevamos de esta vida, es lo vivido…solo queda en la tierra, lo que a ella le dimos.

Laura Risso.
29 años, madre…

I believe in solidarity, to give those who suffer feel more human, I believe in your heart. 
What think you?


Creo en la solidaridad, en dar a quienes sufren por sentirnos mas humanos, creo en tu corazón.
¿En que creés vos?
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Ideología, valores, ética y moral, Argentina 2009

“Nací en 1980, soy una ignorante en busca de apredizaje, consumo cultura, percibo cambios, enfrento crisis.”

En medio de mi campaña contra una enfermedad mortal, (y digo mortal, porque la lamentable situación de mi pueblo encuadra en este desenlace ante cualquier caso de Dengue hemorrágico, que se presente, y se complique).
Pareciera que pocos entienden mi gran preocupación.
El tiempo pasa, y pasa, y pasan dias sin sentirme tranquila.
En este último mes, las cosas se dieron de una manera tal, que pude despavilar ante otra realidad, todo conjuga, sequía, crisis económica, ser chaqueña, mi conciencia moral, mi sensibilidad … mi dolor.
Informándome, veo la situación a nivel mundial, no es nada esperanzadora, al menos no como para cruzar los brazos y gozar la vida.
Se aproximan cambios, suponen que serán dolorosos, calculan que padeceremos este reajuste de políticas, este reacomodar de principios, este nuevo ordenamiento, por varios años.
Han sucedido muchas catástrofes, muertes en las colonizaciones de América, revoluciones y revolucionarios que acompañaron al clamor de pueblos oprimidos, guerras mundiales, enfermedades del tercer mundo, holocaustos, deforestación, falta de agua, desempleo, asesinatos en manos de dictadores, desapariciones, atentados, enfermedades prevenibles que siguen matando… silencio, silencio, que nos hace ignorantes.
Ha caído sobre la humanidad, y en su mayoría sobre los mas desprotegidos. Sobre ellos.Sobre nosotros.
Hoy ante la globalización, se nos presenta otra realidad desigual, hoy el pueblo sigue siendo pobre… se sigue empobreciendo, no quedan en pie las antiguas fábricas argentinas, el campo cae en picada. La educación y la salud entraron en jaque…
Las acumulaciones de poder, el desenfreno y el egoísmo de los sectores mas ricos, las ambiciones asesinas, el 20% de la población mundial concentra el 80% de las riquezas, y siguen pretendiendo más.
Hoy me preocupa el dengue, y llamo a la UNIDAD NACIONAL, se sabe que en lo que va de la existencia de la humanidad, solo así se salió de situaciones como la que pasamos todos los latinoamericanos HOY, año 2009.
No sé si mis ideas encuandran en una estructura política… Sé que quiero el bien común, sé que quiero una vida digna para todos. TODOS, TODOS.
Sigo pidiendo solidaridad, sigo creyendo, sigo esperando, sigo luchando, sigo viva.
Gracias por sus visitas, y espero que leerme no les quede solo en las pupilas, deseo que les llegue al interior de la conciencia y se aloje en sus almas caritativas, no se escondan ofreciendo solo media mirada a los demás, el amor es dar.
Laura Risso.

Parte del planeta tierra.
Latinoamerica.
Ciudadana Argentina, y Chaqueña .-
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Vivir en ComUnidad

Repensando la idea de futuro que deseo para mis hijos, abrazada a mis ideales socialcomunistas, e indagando en diferentes culturas y sus modos de vivir, he explorado en los kibbutz.
Sumando esto a mi escueta educación teológica o religiosa, y mi ansias de un porvenir provechoso para mi descendencia, investigué un poco acerca del modo de vida de las personas que componen estas comunas agrícolas israelitas (Tal como lo define Wikipedia).
Sus ideas de comunidad y trabajo escalonado pero con bases en principios como la necesidad particular de cada familia integrante del mismo, contraria a la idea capitalista rigurosa en la que estamos inmersos los Argentinos, me entusiasmó.
No es negable el hecho de que la idea de la obligatoriedad de que a los 18 años los jovénes deban alistarse en el ejército, en una zona donde la guerra que levanta contra los judiós el Grupo Hamas, me asusta de sobremanera.
Repasando un poco cada cuestión y planteamieto de este método de organización y forma de vida, me pregunto que tan capaz de integrarme a ellos, que tan desarraigada puedo llegar a ser, que tan altruista, tan entregada al bien común…Y vuelvo a pensar, que en el sistema de vida que llevamos hoy, no hay nada asegurado, ni educación (Atada a las capacidades económicas), ni salud (Atada a la necesidad de una obra social, solo otorgada a trabajadores legalizados, y donde la masa de obreros que cobra sus haberes en negro no tiene opción.) ni el alimento básico indispensable, para cubrir las demandas físicas no son derechos reconocidos y cumplidos por el gobierno, lamento el deber de reconocer que el futuro de las generaciones solo depende de su capacidad de adaptación a una comunidad que se rige por la ley de la selva y el sálvese quien pueda (Pisando las cabezas que sean necesarias, aunque sea una vez, para pararse para todo el viaje.) Creo que sería capaz de abrirme a la idea de cambiar de rumbo, de guarecerme en tierras entregadas al pueblo elegido, y ampararme en su abrazo fraternal para sentirme parte de ellos, en pos de un ideal de común unidad.
Seguiré investigando hasta convencerme, y veré la posibilidad de concretarlo. Puede que vivir allí me entregue la tranquilidad de un futuro algo mas cierto.

 
Kibbutz Hatzerim
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